Sabemos que la historia de este poblado casanareño no se inicia en 1965 al ser elevado a la categoría de municipio. Quizás nos cueste definir una fecha de fundación exacta porque muchas veces tuvimos que refundarnos en medio de bosques, ruinas y cenizas. Aun así, consta en la tradición colectiva que comienza a figurar como poblado hacia 1900. Pareciera que tuviéramos muchas historias de fundación, algunas épocas gloriosas y de abundancia, algunas tempestuosas y desgarradoras, algunas felices y en serenidad. Todas ellas están en la memoria de quienes han habitado este pintoresco caserío por más de 60, 70 u 80 años. La tradición oral nos ha transmitido sus propias historias, que sumadas unas con otras conforman una significativa historia colectiva. La historia, desde este punto de vista, es entonces un tejido de pequeñas memorias y recuerdos, de todas y cada una de las personas que han vivido por generaciones en este asentamiento, las que han llegado y se han quedado, y también, las que se han ido.
La historia de Sabanalarga, en el sentido más aceptado, aún no se ha escrito en su totalidad. Sabemos que la historia es la compilación ordenada de hechos y acontecimientos importantes del pasado. Que es la disciplina que narra y estudia cronológicamente los acontecimientos humanos, basándose en documentos, registros, testimonios y demás medios confiables que dan fundamento de lo narrado. Pero también sabemos que esta historia narrada, una vez consolidada en documentos de diversa índole, descarta la memoria y el recuerdo para configurar en el tiempo y en el espacio la existencia real de una comunidad bien organizada.
Esto nos invita a pensar con responsabilidad en lo siguiente: ¿Qué podemos considerar importante al contar nuestra historia? ¿Acaso quedaron excluidas las vivencias más recónditas, las primeras veces de las cosas, las formas de vivir y los caminos nuevos que se abrieron y aquellos que no se volvieron a transitar? La historia cronológica de pronto excluya la posibilidad del recuerdo, la evocación y la rememoración, pero, de cualquier forma, la historia es importante en cuanto nos permite reconocer que hacemos parte de una serie de hechos, acontecimientos y pensamientos de quienes nos antecedieron, lo que ha permitido definir quienes somos hoy y tener la posibilidad de ir direccionándonos hacia lo que deseamos ser.
A continuación, se cita parte de la reseña histórica del municipio realizada por la Fundación Iguana, “Sabanalarga, patrimonio cultural”:
“En tiempos prehispánicos nuestra tierra constituía una de las rutas de intercambio entre las comunidades muiscas de las zonas altas y los teguas, guayupes, saes y achaguas de las tierras bajas, con activo comercio de sal tejidos, tabaco, pieles, plumas, yopo, etc.
En la época colonial esta zona vinculaba a los Llanos de San Juan y San Martín con los llanos del Casanare; y era la ruta más corta entre la floreciente ciudad de Tunja y los llanos del Orinoco. Aprovechando esa circunstancia se dieron los primeros establecimientos, como San Pedro de Upía (muy cerca de la actual Aguaclara), fundada por los Agustinos Recoletos en el siglo 18.
La misión y poblado de San Pedro de Upía sobrevive y va ganando importancia como lugar de paso a los territorios de San Martín , Boyacá o Cundinamarca, siendo escenario de acciones militares durante la Guerra de Independencia, varias revoluciones del siglo 19 y la Guerra de los mil días.
En 1842 San Pedro figura en el censo con 122 habitantes y en 1850 Sabanalarga y San Pedro aparecen como parte de la provincia de Casanare, en los mapas y rutas de la Expedición Corográfica dirigida por Agustín Codazzi.
En los siglos 19 Y 20 el territorio de Sabanalarga, así como los centros poblados de Sabanalarga, San Pedro de Upía y Aguaclara, serían parte -como corregimientos, aldeas o parroquias- de diversos municipios en Casanare y, transitoriamente, de Boyacá.
En las primeras décadas del siglo 20 San Pedro de Upía declina y se consolida como Aguaclara. Varias oleadas de colonizadores de la zona de Miraflores, Páez, Garagoa y Campohermoso, bajan a establecerse en Sabanalarga haciendo crecer la población; son campesinos deseosos de tierras libres y productivas, que se dedican especialmente a la agricultura y la ganadería.
El día 9 de abril de 1948 cae asesinado en Bogotá el caudillo liberal Jorge Eliécer Gaitán, líder de gran arraigo popular. Desde entonces, la historia en nuestro municipio y en todo el país, se divide en “antes de la guerra”, en “plena guerra” y “post-guerra” o “cuando hubo la paz”.
Tras el golpe de estado de Gustavo Rojas Pinilla el 13 de junio de 1953, se pacta el fin de la guerra y se entregan armas en Monterrey el 15 de septiembre de 1953.
Luego de la rendición de las guerrillas, los antiguos habitantes empiezan regresar a Sabanalarga para emprender la reconstrucción de viviendas, vías, cercas y linderos de fincas y minifundios. El desarrollo de la postguerra y el espíritu independiente de sus gentes inducen a pensar en trazar un camino propio. Por eso el día 3 de diciembre de 1965 mediante los artículos segundo y tercero de la ordenanza número 5, la Asamblea Departamental de Boyacá crea el municipio de Sabanalarga, cabecera municipal, segregándolo del municipio de San Luis de Gaceno e integrado por las inspecciones de Policía de Aguaclara, El Secreto y San Agustín.
Cuando la Ley de 1973 crea la intendencia de Casanare, Sabanalarga entra a hacer parte de sus prósperos 19 municipios.
Para finales del gobierno de Alfonso López Michelsen, en 1978, es inaugurado el puente de El Secreto realizándose un viejo sueño de todos: la comunicación por carretera con Bogotá y Tunja.
¿Qué ocurre desde entonces? Se inicia el esperanzador retorno de los originales habitantes corridos por la violencia partidista, con el fin de retomar la vida, refundar y reconstruir el tejido ciudadano y restablecer las rotas relaciones sociales. Y, claro, crear vecindario, constituir familias, como algo revelador de nuestras profundas raíces que nos aferran a este lugar y, especialmente, la decidida voluntad para abrir caminos geográficos y sociales donde no existían, y recuperar la alegría y el amor constante sobre las cosas cotidianas. Como aquella historia con toques de realismo mágico que nos han contado, cuando Sabana tenía el olor de los azahares que era percibido desde que se entraba al pueblo. Y qué decir de los generosos naranjales que existían en los patios de las casas, en las calles y solares, y que en tiempos de verano convocaban a las familias para atender visitas y ver quién “hacía la veintiuna” degustando las deliciosas naranjas.
Para retomar nuestra historia local, existe un testigo fundacional vivo y frondoso, fiel exponente de nuestra memoria colectiva, con 89 años cumplidos, sembrado en nuestro parque central en 1936. Se trata del Samán, árbol que representa nuestras raíces, nuestra belleza y grandeza, símbolo afectivo y cultural de nuestra historia.
Si hay un nuevo principio es porque hay nuevas primeras veces, como cuando llegó el primer bus de la Macarena por una vía polvorienta, con recibimiento de reina, cohetes y banda marcial, celebrando aquel hito novedoso presagio de un inminente desarrollo. La primera vez que hubo luz eléctrica y las noches dejaron de ser alumbradas por tiernos cocuyos, velas y lámparas de petróleo. Cuando llegó la televisión congregó a todo el pueblo en una sola casa para sintonizar los dos canales nacionales, sin entender muy bien el milagro de las comunicaciones.
O aquella vez que se comenzó la ardua tarea de construir el acueducto municipal, cuando todos los hombres, con su ingenio y astucia idearon las redes de tuberías y el entramado complejo que permite que hoy se disfrute de uno de los mejores acueductos municipales.
Tuvimos otra gran novedad cuando llegó el triciclo en el año 1998, declarado emblema municipal por ser el medio de transporte urbano, tan útil como pintoresco. Hoy el triciclo se convirtió en un bien patrimonio cultural material que representa otra velocidad de la vida, cercano a la dulce calma y al disfrute del tiempo con aroma.
La primera vez que se pensó en organizar unas fiestas para celebrar y disfrutar el ocio, la alegría y la cultura, tomando como escenario el parque central, como complemento del toreo en la barrera y otros juegos festivos que congregaban a gentes de todo el entorno. En años siguientes nació la idea de celebrar el Festival de La Naranja, como un homenaje a la fruta que nos identifica y sigue siendo una de las ofertas más agradables del municipio.
Son muchas las microhistorias que conforman nuestra gran historia, más las sugestivas historias de los centros poblados de Aguaclara y El Secreto, territorios que también conformaron -cada uno- hechos históricos y culturales importantes para el desarrollo económico, social y cultural de Sabanalarga.
Hoy, al observar e interpretar el pasado honramos a todas las personas que han hecho posible que Sabanalarga sea el municipio que conocemos: próspero, trabajador y profundamente orgulloso de sus raíces. Nuestro camino ha sido trazado por manos campesinas que siguen sembrando la tierra, por ganaderos y productores de lácteos que con dedicación construyeron una economía sólida, y por generaciones que supieron mantener vivas las tradiciones, los dichos, las creencias y el espíritu alegre que nos caracteriza.
Agradecemos a quienes, desde la institucionalidad o desde la comunidad, han dedicado su tiempo, han hecho oír su voz y han mostrado su buena voluntad para construir un territorio donde el amor por este lugar se manifiesta en cada esfuerzo compartido. A quienes han decidido construir su futuro aquí y a quienes, aun desde lejos, llevan a Sabanalarga en el corazón.
Érika Preciado Barajas
Asesora cultural y turística